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Francisco, la Alegria del Amor (Heterosexual)

Este artículo, escrito por el abogado especializado en Derecho Internacional de los Derechos Humanos Lucas Ramón Mendos, propone un primer acercamiento hacia algunos de estos pasajes, analizándolos desde la diversidad y con el objetivo de reflexionar sobre cómo impactan las palabras del Papa entre quienes se identifican como LGBT, sean católicos o no.

18/04/2016 - La publicación de la última exhortación apostólica del Papa Francisco, “La Alegría del Amor” (en latín, “Amoris Laetitia”) ha generado intensos debates sobre los múltiples temas que aborda, en especial, sobre los más controvertidos. El documento, que reúne las reflexiones del líder de la Iglesia Católica luego de la 14° Asamblea General Ordinaria del sínodo de obispos que tuvo lugar en la Ciudad del Vaticano del 4 al 25 de octubre de 2015, discute cuestiones relacionadas a la familia, la vida de amor en pareja (exclusivamente entre un hombre y una mujer), educación sexual, anticoncepción, la situación de personas divorciadas, la denominada “ideología del género”, e incluso el feminismo y la asistencia económica internacional.

Existen numerosos pasajes de la exhortación que afectan directa e indirectamente a personas lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGBT). Este artículo, escrito por el abogado especializado en Derecho Internacional de los Derechos Humanos Lucas Ramón Mendos, propone un primer acercamiento hacia algunos de estos pasajes, analizándolos desde la diversidad y con el objetivo de reflexionar sobre cómo impactan las palabras del Papa entre quienes se identifican como LGBT, sean católicos o no.

Francisco y su alcance

por Lucas Ramón Mendos (*)

En ocasiones se intenta argumentar que los lineamientos que determina el pontífice romano quedan restringidos al ámbito religioso, que se abocan a regular cuestiones internas de carácter dogmático y que solo afectan a la curia y a la feligresía, por lo que el análisis de sus implicancias y significados debe hacerse en ese marco y dentro de ese contexto.


Lucas Ramón Mendos

Sin embargo, existen fuertes razones para cuestionar esa postura. En los hechos, los pronunciamientos del Papa, líder de uno de los credos más numerosos del mundo, tienen efectos que trascienden los ámbitos monásticos, eclesiásticos o estrictamente teológicos e impactan de lleno en todos los espacios religiosos y laicos a los que llega el poder terrenal de la Iglesia. Para ello se vale de una estructura de un alcance territorial vastísimo, así como del carácter de mando vertical con el que opera, lo cual contribuye a que su discurso penetre de manera fuertísima y privilegiada en todo el mundo.

Claro está que es necesario tener una mirada crítica —y desprovista del tamiz ideológico propio de la religión católica— para poder analizar cómo la perpetuación de su discurso ayuda a reforzar y legitimar dogmas, estigmas y prejuicios que tanto daño y sufrimiento generan, incluso entre quienes no son practicantes. Tan solo por mencionar un caso tan reciente como lacerante, la Conferencia Episcopal de Malawi manifestó en un documento público su decepción ante la moratoria que el gobierno de ese país ordenó para no enviar a prisión ni enjuiciar a personas por el delito de homosexualidad. Los purpurados católicos calificaron dicha decisión como una “traición” al pueblo de Malawi y una claudicación ante prácticas foráneas.

Este tipo de mensajes surte sus más potentes consecuencias en aquellos países donde las divisiones entre las esferas civiles y las eclesiásticas no están claramente demarcadas. En efecto, uno de los documentos citados por Francisco en “La Alegría del Amor” es el documento titulado “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” del año 2003, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe (el vestigio actual de la Inquisición romana) y firmado por el entonces Prefecto Joseph Ratzinger (hoy, Papa emérito, Benedicto XVI). En este documento, la Iglesia católica establece órdenes detalladas sobre la actitud que deben tomar los políticos católicos ante legislaciones favorables a las uniones homosexuales. En el caso de quienes integran los cuerpos legislativos, la Iglesia afirma que tienen el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y “votar contra el proyecto de ley”. Especifica el documento advierte que votar a favor de un texto legislativo “tan nocivo del bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral”. En la práctica, es muy frecuente que quienes pertenecen al culto católico y al mismo tiempo ocupan cargos de poder adopten posicionamientos que se apegan a éste último y a otros cánones católicos, siguiendo a rajatabla los lineamientos que propone el pontífice romano. Esto es algo que suele darse en los tres poderes del Estado en varios países, ya sea en la emisión de sentencias judiciales, en la implementación de políticas públicas o en la sanción de leyes y normas de distinto rango. En suma, cuando en el campo de lo público el discurso religioso se encuentra ampliamente legitimado, el peso de este tipo de documentos papales en las políticas de Estado es inmenso.


Tampoco debe perderse de vista que a nivel internacional la Santa Sede, cuyo jefe de estado es el Papa, tiene voz en Naciones Unidas y hace uso de ella en las negociaciones de tratados de derechos humanos, en las discusiones entre Estados parte y en todos los foros donde se discuten estrategias para avanzar hacia compromisos legales de los Estados. Asimismo, a nivel de la Organización de Estados Americanos (OEA), numerosas organizaciones religiosas, muchas de ellas católicas, han venido impulsando una resistencia organizada a toda iniciativa que reconozca derechos a las personas LGBT a nivel regional. En la América Latina que supo darle a la Iglesia su primer Papa no europeo, estas organizaciones han incidido para que varios países utilizaran las uniones entre personas del mismo sexo como pretexto para plantear objeciones a resoluciones de la Asamblea General que pretenden luchar contra la discriminación y violencia contra las personas LGBT en América.

Francisco: el Papa “gay-friendly”

Desde la ya renombrada conferencia de prensa de 2013 a bordo del avión de Alitalia en la que el pontífice respondió a una pregunta sobre un supuesto “lobby gay” vaticano utilizando la frase “¿quién soy yo para juzgar?”, han sido muchas las especulaciones, las lecturas y las expectativas respecto del rol del Papa y la postura de la Iglesia Católica frente a las personas lesbianas, gays y bisexuales. Hubo quienes, por gusto o necesidad, se apresuraron a augurar grandes cambios en el horizonte. La prensa internacional se entregó a la fascinación y nació, de la noche a la mañana, el primer Papa “gay-friendly”.



Sin embargo, también hubo quienes advirtieron sobre un cambio meramente “de formas”, aunque no de fondo, e incluso quienes, como era de esperar, ofrecieron minuciosas interpretaciones sobre cómo la frase del Papa había sido sacada de contexto. En efecto, la frase completa que contiene su famosa respuesta fue: “Si una persona es gay, y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Los condicionantes de la “búsqueda del Señor” y la “buena voluntad” fueron leídos por varios, sobre todo en el seno de la Iglesia, como requisitos necesarios para acceder a esa “nueva” piedad anunciada por el pontífice. Y dado que el Catecismo de la Iglesia Católica indica que “las personas homosexuales están llamadas a la castidad” y que los actos homosexuales “no pueden recibir aprobación en ningún caso”, esa “búsqueda” debía necesariamente implicar un renunciamiento de su parte. Sólo así, y munida de ese contexto específico, cobraba verdadero sentido su frase.



Por cuestiones de espacio, resulta aquí imposible hacer un análisis minucioso sobre las consecuencias que puede acarrear en una persona el saberse privada de por vida de la posibilidad de desarrollarse social y personalmente en su afectividad con otras personas, de poder emprender un proyecto de vida común con un ser amado y poder disfrutar libremente de la sexualidad. Llamar a la castidad vitalicia es lisa y llanamente anular a una persona en su sexualidad en todos los niveles. Sin embargo, cabe aquí reparar que este es el punto de partida a partir del cual la Iglesia construye su visión de homosexualidad y el designio que le impone como único camino que habilita a estar libre de pecado y, por ende, lograr permanecer en la Gracia divina.

Pero la ambigüedad que ya contenía la respuesta completa resumida en “¿quién soy yo para juzgar?” no vino sola, sino que fue seguida de otra que no supo colarse con la misma facilidad en los titulares grandilocuentes. Luego de preguntarse quién era él para juzgar, el Papa sí condenó expresamente al “lobby gay”, un concepto sumamente ambiguo, difuso y estigmatizante que muchas personas utilizan para denominar peyorativamente a las organizaciones de la sociedad civil que luchan por los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans. Desde Argentina, la consigna “Francisco es Bergoglio” recordaba que quien ahora era el Papa “gay-friendly” era quien hacía tan solo tres años se había referido al matrimonio igualitario como una “pretensión destructiva al plan de Dios” y “una ‘movida’ del Padre de la Mentira [el Diablo]”. Cabe preguntarse, bajo la misma lógica si acaso Francisco, con sus dichos y acciones, está él mismo formando y promoviendo un lobby… anti-gay.


Papa Francisco

El recuerdo de su cuestionable rol en los debates argentinos sobre el matrimonio igualitario quedó considerablemente obturado por el entusiasmo con que muchas personas y organizaciones abrazaron su consigna “¿quién soy yo para juzgar?”. El fervor Papal produjo imágenes impensadas. Valga recordar, entre tantas otras imágenes, el beneplácito y los augurios con el que una de las más grandes organizaciones de lesbianas, gays y bisexuales de Estados Unidos, la Human Rights Campaing (HRC), enarboló su característica bandera azul y amarilla a la par de la bandera vaticana al paso de la caravana Papal frente a su sede en Washington DC. Un gesto que desde el Papamóvil no tuvo contrapartida.



El documento final: ambigüedad estructural

Durante los dos años siguientes, las especulaciones con acercamientos más sustanciales entre la Iglesia y la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y trans siguió el compás de las noticias que anunciaron una “consulta global” sobre temas que incluían a las parejas del mismo sexo. Mucho se especuló con un supuesto rol de liderazgo asumido por el Papa en este aspecto en el seno de la curia romana. Las expectativas de que hubieran modificaciones de fondo que fueran de la mano de las expresiones de Francisco se extendieron a las Asambleas organizadas en Roma en 2014 y 2015, fruto de las cuales el Papa publicó la semana pasada la exhortación post sinodal “La Alegría del Amor”. Para su elaboración, el Papa se valió de los documentos que fueron producidos al finalizar cada reunión y numerosos documentos de doctrina católica, algunos de ellos con referencias explícitas a la cuestión de la homosexualidad.

Para quienes leemos los acontecimientos poniendo el foco en la sexualidad humana y los discursos que la determinan, “La Alegría del Amor” nos trae una renovada dosis de ambigüedad de la que sería posible extraer algunos pocos mensajes interesantes, si acaso no estuvieran, como siempre y como es de esperar, condicionados por un lenguaje (o una remisión a fuentes) que no se apartan en lo más mínimo de las bases doctrinarias de la Iglesia. Una ambigüedad que no yerra del lado de la prudencia, sino más bien del lado de la indiferencia hacia los efectos prácticos que estos mensajes suelen tener entre propios y ajenos.

Hay muchos pasajes de la exhortación que, de manera indirecta, guardan relación con la situación de personas LGBT. Otros, abordan el tema de manera explícita. La ambigüedad antes referida es una cualidad estructural de cada uno de estos parágrafos, en la que el Papa adopta un tono de “piedad” y “misericordia” pero sin demora acompaña esa apertura y calidez de tono con severos condicionantes que anulan o enturbian cualquier mensaje de acercamiento.

En términos generales, el documento Papal procura mantener un tono que deslegitima el juicio de condena hacia los demás. Este rasgo se trasluce claramente por momentos en frases como: “El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero”. Aun así, si bien este tipo de expresiones resultan de interés para quienes rechazamos los juicios de valor respecto de las elecciones de vida de quienes nos rodean —y en especial sobre su sexualidad— es sensato evitar interpretar estas expresiones de manera amplia y despreocupadamente optimista. No hay que perder de vista que los juicios de valor sobre las elecciones y prácticas sexuales de las personas forman parte del núcleo duro del magisterio de la Iglesia y eso está lejos de ser puesto en cuestión en este documento. La concepción de la sexualidad como orientada exclusivamente a la reproducción, únicamente dentro del marco del matrimonio y necesariamente como muestra de amor “entre un hombre y una mujer” es la piedra fundamental sobre la que se erige todo el andamiaje católico de la sexualidad humana. “La Alegría del Amor” no sólo no cuestiona en lo más mínimo ese núcleo, sino que lo toma expresamente como punto de partida necesario para el análisis de los temas que desarrolla.


Papa Francisco

Al hacer referencia a las “situaciones irregulares” el Papa sostiene que “obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad”. Este pasaje, que casualmente llega poco tiempo después de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) declarara admisible la denuncia interpuesta por una docente de religión católica chilena despedida por ser lesbiana (el caso de Sandra Cecilia Pavez Pavez), plantea la existencia de un “obstáculo” para la plena integración de quien “ostenta pecado objetivo”. Esto pone en evidencia que más allá de mensajes supuestamente conciliadores o “cambios de tono”, la doctrina que sigue impulsando la Iglesia conserva intactas sus nociones de pecado y sus consecuencias. A su vez, la remisión a fuentes que caracterizan a las uniones entre personas del mismo sexo como “pecados contra la castidad” confirman la proscripción que pesa sobre estas formas de familia en las enseñanzas del Papa (familias que por supuesto no acceden al privilegio de ser llamadas como tales en el documento Papal). Advirtamos aquí que el hecho de que se siga haciendo referencia a estas fuentes reafirma y confirma la vigencia de las mismas, lo cual desestima de manera contundente todo argumento de que la Iglesia esté progresivamente avanzando hacia un nuevo entendimiento de este tipo de relaciones.

Claroscuros de una esperada condena a la violencia

La sección de mayor relevancia para personas LGBT es la denominada “situaciones complejas” que incluye a los matrimonios “mixtos” (integrados por una persona católica y otra no católica), las familias monoparentales y los matrimonios “entre personas homosexuales”. El parágrafo 250 es uno de los que más interés despierta en este tema porque es uno de los pocos que aborda de manera explícita la cuestión de la orientación sexual. Sin dudas, este parágrafo ilustra como pocos la manera sumamente ambigua (y hasta contradictoria) en que el tema es abordado por el Papa.

El pasaje abre con una frase que va de mano del estilo de Francisco y pone el mensaje piadoso en un lugar prominente: “La Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción”. Seguidamente, anuncia que en el sínodo se consideró la situación de las familias que viven “la experiencia de tener en su seno a personas con tendencias homosexuales” y pasa a enunciar una de las proposiciones más trascendentes en el tema: “deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta y particularmente cualquier forma de agresión y violencia”.

Esta frase, que en un primer acercamiento se presenta como interesante, contiene elementos que requieren atención detenida. En primer lugar, nobleza obliga, debe subrayarse la condena explícita a “cualquier forma de agresión o violencia”. Este agregado es de vital importancia en el mensaje de un jefe de estado y un líder religioso con la influencia del Papa, sobre todo a la luz de los intolerables niveles de violencia que sufren las personas a causa de su orientación sexual en todo el mundo (tal como se verá más adelante, esta condena parecería no alcanzar a la violencia basada en la identidad de género de las personas). Organizaciones locales y organismos internacionales han documentado la agresión brutal a la que son sometidas, desde temprana edad, en el seno familiar, en la escuela, en ámbitos laborales, en centros de salud, en el acceso a la vivienda y en la vía pública, ya sea de manos de agentes de fuerzas de seguridad o de la población en general. Pronunciamientos de condena y mensajes claros sobre lo inaceptable de estas violencias constituyen un valioso primer paso para poner eventualmente fin al flagelo que tanto daña y tanto sufrimiento provoca. Cabría sí sugerir que esta condena sea difundida y reiterada con vehemencia, especialmente teniendo en cuenta que muchas veces es la propia Iglesia la que falta el respeto, hostiga e incentiva este tipo de violencia y agresión. Un severo llamado de atención a la Conferencia Episcopal de Malawi por su perturbador pronunciamiento sobre el encarcelamiento y enjuiciamiento penal por el delito de homosexualidad sería una manera de demostrar que esta condena no es solo letra de molde. En todo caso, una mención en un parágrafo, dadas las circunstancias, es noble pero no alcanza.

Hecho el reconocimiento, no debe perderse de vista que esta condena llega tarde para millones de personas que han perdido la vida, su salud o su integridad física o psicológica a causa de la violencia homofóbica promovida desde los púlpitos y desde documentos vaticanos. Será necesario que la Iglesia algún día inicie sinceramente un camino de reflexión e introspección para evaluar de manera seria los altísimos niveles de dolor y sufrimiento que ha infligido en propios y ajenos.

Como sugerí líneas arriba, la elección terminológica nunca es casual ni inocente, y menos en un tema tan tabú en el seno de la Iglesia. El documento Papal adopta el término “tendencia sexual”, evitando expresamente seguir la terminología utilizada en el ámbito del derecho internacional que, siguiendo los Principios de Yogyakarta, ha adoptado el concepto de “orientación sexual” como criterio prohibido de discriminación. Íntimamente ligada a esta elección terminológica, es notable la utilización que hace el Papa de un término problemático y que requiere un análisis separado: el concepto de “discriminación injusta”.

El engendro pontificio: la “discriminación justa”

Recordemos que en el parágrafo reseñado líneas arriba, Francisco señaló que, toda persona, independientemente de su tendencia sexual, debe ser respetada, “procurando evitar todo signo de discriminación injusta”.

Como primera inferencia lógica necesaria, de la existencia de una supuesta discriminación “injusta” se derivaría, por oposición, la supuesta existencia de una “discriminación justa”. Aquí es donde es necesario separar claramente las aguas y dejar bien en claro que este concepto, cuyo nombre resuena a una noción de tipo jurídica, lisa y llanamente no existe en el campo del derecho.

El concepto jurídico de discriminación es de por sí “injusto” e implica necesariamente una distinción, una exclusión o una restricción que perjudica o anula el ejercicio de un derecho. En ocasiones se utiliza la expresión “discriminación positiva” (y no “justa”) para hacer referencia a lo que técnicamente se denomina en derecho “acción positiva” (“affirmative action” en inglés), lo cual consiste básicamente en la adopción de una medida que favorece a un grupo social determinado para contrarrestar la exclusión a la que se encuentra sometido. Ejemplos de este tipo de medidas son las adoptadas en Sudáfrica luego del Apartheid, para fomentar la igualdad de los grupos raciales no favorecidos, o las leyes de cupos laborales para personas con discapacidad. Complementariamente, existen también “distinciones” que no implican discriminación, como es el caso de la protección jurídica específica que se ofrece a niñas, niños y adolescentes por su situación de vulnerabilidad o la protección especial que se da a los adultos mayores. En todo caso, estas medidas son siempre legítimas en tanto pretenden ofrecer un estándar de protección mayor en atención a una situación de desventaja específica.

Por el contrario, el engendro pontificio parecería hacer referencia a situaciones de discriminación que son “válidas” a la luz y en procura de los valores de la doctrina y el magisterio de la Iglesia. Teniendo claro entonces que la “discriminación justa” no es ciertamente un parámetro jurídico sino religioso, queda abierto un enorme interrogante para determinar a ciencia cierta (valga la paradoja) qué quiere decir el Papa cuando condena solamente la “discriminación injusta”. Con total seguridad hay supuestos bien claros que no caen bajo el ámbito de las “discriminaciones” que condena el Papa, como es el caso de excluir a personas “con tendencia homosexual” de poder acceder a la protección de sus matrimonios y, por ende, a beneficios sociales, migratorios, pensionales, impositivos, hereditarios, así como excluirlos de la posibilidad de adoptar. Esas discriminaciones parecen ser “justas” a la luz del acomodaticio criterio pontificio. Entre los casos más dudosos, no se colige claramente si es discriminación “justa” o “injusta”, por ejemplo, administrar “terapias psicológicas” que procuren —en vano— modificar la orientación sexual de una persona, prácticas que han sido repudiadas por la enorme mayoría de organizaciones de profesionales de la psicología, la medicina y la psiquiatría. Sin embargo, considerando la existencia del Apostolado Católico “Courage”, que ofrece tales “servicios”, parecería ser que esa protección no estaría dentro de las imaginadas por el Papa. ¿Y qué podrá decirse de las opiniones que puedan ofrecer una alternativa positiva a la concepción de la homosexualidad, libre de nociones de culpa y pecado? Prohibir esos discursos ¿sería “discriminación justa”?

La ayuda sospechosa del bombero pirómano

Seguidamente, el Papa prosigue: “Por lo que se refiere a las familias, se trata por su parte de asegurar un respetuoso acompañamiento, con el fin de que aquellos que manifiestan una tendencia homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida.” En este pasaje, la persona con este tipo de “tendencias” aparece como una persona a la que hay que asegurarle la “ayuda” que “necesita”. Como si acaso fuera necesario sacarla de una confusión ínsita de su “tendencia” sexual, sobre todo si se trata de niños o niñas.

Lo que, obviamente, no tiene en cuenta este pasaje, ni se hace cargo de manera remota, es el hecho de que muchas veces las personas LGBT terminan requiriendo asistencia pero justamente por la inseguridad, ansiedad y depresión a la que les arrojan los mensajes de desprecio, rechazo y odio que reciben desde muy temprana edad, en todos los ámbitos de su vida, e incluso de sus seres más queridos y cercanos. Muchas veces, estos mensajes son proferidos por padres, madres, hermanos, hermanas, familiares, sacerdotes, amigas y amigos con base en los mensajes que legitima la Iglesia en su magisterio, en su prédica o en su actuación como institución pública. En muchísimos países la Iglesia católica sigue literalmente promoviendo movilizaciones en contra de la despenalización de homosexualidad, se opone férreamente a cualquier candidatura política que presente en su plataforma alguna iniciativa de defensa a la igualdad de derechos de las personas LGBT, y promueve todo tipo de mensajes de intolerancia. Las lesbianas, gays, bisexuales y trans que crecen en entornos profundamente católicos suelen sufrir a causa de estos mensajes altamente nocivos, suelen sentir la inevitabilidad de no poder cumplir con las expectativas de sus familias y sus comunidades, y ello muy frecuentemente se traduce en un profundo daño en su confianza, en su autoestima, en su salud física y mental y en su vida en general. En ningún momento el documento da cuenta ni de la razón ni motivo de esos daños.

El Papa no solo se no se hace responsable de ser artífice de daño o dolor alguno sino que, por el contrario, prescribe una “ayuda” problemática. Una “ayuda” que, de acuerdo al magisterio de la Iglesia, le dirá a quien la reciba que Dios pretende su castidad, que se abstenga de relacionarse con otras personas en el plano afectivo o romántico, y que bloquee de manera permanente su libido. Sin dudas, un verdadero salvavidas de plomo.

Ni de lejos.

Haciendo suyas las palabras del sínodo, el Papa asevera que “no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia”. Definitivamente, este pasaje es uno de los que mayor preocupación despierta, no sólo por su redacción contundente, que no deja lugar a la duda ni a segundas interpretaciones, sino además por las profundas implicancias que tiene para las familias diversas. Con inusual énfasis, el Papa presenta a las uniones de parejas del mismo sexo como uniones que “ni remotamente” se acercan a lo que Dios ha querido respecto del matrimonio y la familia. En otras palabras, las familias formadas por parejas del mismo sexo ni de lejos se parecen a lo que Dios manda y quiere. Este mensaje va a su vez de la mano de otro desarrollado con mucha más profundidad y que lleva implícito el rechazo a las familias diversas y a las monoparentales (es decir las encabezadas por una única persona soltera). Concretamente, el Papa vuelve a reforzar la idea de que “respetar la dignidad de un niño significa afirmar su necesidad y derecho natural a una madre y a un padre”.

La lejanía que el autor de estas líneas guarda con los cánones católicos le inmunizan de sentir o creer que la unión que celebra con su marido es algo que Dios rechaza. Sin embargo, para todas aquellas personas lesbianas, gays, bisexuales o trans que aún ven en Francisco un líder espiritual, estas palabras vuelven a lastimar allí donde más duele. Laceran el alma. Es que hacerle creer a la gente que es merecedora del desprecio de Dios es infundir dolor, angustia, ansiedad y sentimientos de inferioridad que marcan brutalmente a cualquier persona. Y ese desprecio le llega a quienes sienten la sincera necesidad de formar proyectos de vida en común con personas a quienes aman, un anhelo de felicidad compartida para sobrellevar y disfrutar sus vidas de la mano de un ser querido. Esos proyectos, que tanta felicidad y tanta celebración han comenzado a generar en los 24 países donde ya cuentan con protección legal, han vueltos a quedar privados del “visto bueno” divino. Desaire que la pluma de Francisco ha vuelto a recordar a lesbianas, gay, bisexuales que observen la fe católica, a sus familiares, amigas y amigos. Y, sin duda alguna, a toda la grey católica y al mundo entero.

El Papa desconoce o miente sobre asistencia financiera internacional

En uno de los parágrafos más llamativos, el Papa incursiona en la cooperación internacional. Este es el campo en el que se define la asistencia económica voluntaria que ofrecen donantes internacionales —ya sea un Estado desarrollado, una organización no gubernamental o una organización internacional— a los Estados en desarrollo, con el fin de que sea utilizada en programas sociales, de salud o educación, entre otros. Al respecto, el Papa sostiene que es “inaceptable” que los organismos internacionales “condicionen la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el matrimonio entre personas del mismo sexo”.

Sorprende que esta aseveración haya llegado a la versión final del documento Papal y que ninguna de las personas que asistieron y asesoraron a Francisco en el proceso de redacción le haya advertido al pontífice que tal supuesto simplemente nunca existió (y es improbable que exista). Este paso en falso siembra fuertes dudas sobre la calidad del asesoramiento que el Papa está recibiendo en esta materia. O bien, abre la posibilidad a pensar que, aun sabiendo, haya decidido incluir la referencia de todas maneras con el fin de instalar la idea de que sí han existido tales reclamos. En efecto, según fue reportado en el medio católico “The Tablet”, cuando el enviado especial de los Estados Unidos para asuntos LGBT, Randy Berry, visitó la Ciudad del Vaticano se encargó de desmentir categóricamente esta falsa aseveración.

Los condicionamientos de ayuda financiera que han existido en los últimos años, cuestionados incluso por el movimiento LGBT, no estuvieron motivados por intentos de imponer reformas a los regímenes civiles —ni mucho a los regímenes religiosos— sobre la definición de matrimonio de los países receptores de ayuda. Estos condicionantes existieron respecto de países en los que existen registros documentados de violaciones graves y sistemáticas a los derechos humanos de lesbianas, gays, bisexuales y trans. En estos países las relaciones sexuales consensuadas entre adultos del mismo sexo suelen constituir delitos graves o gravísimos penados con varios años de cárcel, reclusión perpetua y hasta con la pena de muerte. Uno de los casos más resonantes fue el de Uganda, cuya ayuda financiera fue condicionada por el Banco Mundial luego de que el Parlamento ugandés aprobara una ley agravando las penas por el delito de “homosexualidad” y “homosexualidad agravada por transmisión de VIH”. Numerosos estudios de campo han demostrado que la existencia de estas leyes draconianas tiene como efecto práctico legitimar y promover los prejuicios y la violencia por parte de las fuerzas de seguridad y miembros de la población en general contra las personas LGBT. En estos países, muchos de ellos sumamente religiosos, se registran linchamientos, asesinatos, ataques brutales, torturas y persecución sistemática y generalizada de cualquier persona no heterosexual o que no se adecue a los patrones de género establecidos. Asimismo, el riesgo de que alguien les identifique como gays, lesbianas, bisexuales o trans hace que la enorme mayoría tema por su vida y su integridad al momento de presentarse en un hospital, por lo que generalmente no reciben asistencia de salud y viven en la completa marginación. En algunos países, por mencionar tan solo unos pocos, sus jefes de Estado han dicho con orgullo que “degollarían” a toda persona LGBT, dándoles un ultimátum para que abandonaran el territorio nacional (Gambia), han convertido en delito grave cualquier reunión o intento de organización en la que se defiendan sus derechos (Nigeria), o les han acusado públicamente de ser “peores que perros o cerdos” (Zimbabue).

Dejemos esto claro. Esta es la situación que llevó a la reconsideración de la ayuda financiera internacional y no la pretendida imposición de la figura del matrimonio entre personas del mismo sexo, como ha afirmado ignorante o maliciosamente Francisco. ¿A quién podría ocurrírsele demandar la adopción del matrimonio igualitario en países donde las relaciones sexuales consensuadas entre adultos son penadas con cadena perpetua o incluso con la muerte?

La “ideología” del género y la “creación”

Las personas trans no han sido merecedoras, al menos en el discurso del Papa, de ninguna declaración que haga referencia explícita a ellas y pueda interpretarse de manera positiva (o siquiera como un “cambio de tono”). Mucho se ha dicho sobre ciertos “gestos” de apertura que el pontífice tiene en ocasiones al recibir o hablar privada o públicamente con personas trans, especificándose en algunos casos que el Papa hasta “les abrazó”.

En torno de estos encuentros siempre suele existir un discurso que los legitima y los explica en clave “María Magdalena”. Así como hubo quienes ofrecieron explicaciones condicionadas a la “búsqueda del señor” sobre los dichos de la conferencia de prensa de 2013, lo mismo opera con las personas trans, quienes son recibidas y “abrazadas”, tal como Jesucristo recibió a quien se dice era una mujer adúltera, una prostituta o una cortesana (según la traducción que se lea), pero a quien instó certeramente a “no pecar más” y abandonar la vida “licenciosa” que llevaba. No hace falta elaborar sobre lo insultante a la dignidad humana que resultan esas lecturas en clave “María Magdalena”, que patologizan y tachan de “pecado” las identidades trans y todas aquellas que trascienden el binario hombre-mujer.

Sin que plantee sorpresa alguna, la exhortación Papal contiene numerosos pasajes en los que legitima fuertemente este binario, siguiendo literalmente la propuesta del libro del Génesis (“hombre y mujer los creó”, repetido casi como un lema por quienes se oponen al reconocimiento de derechos de las personas LGBT). Además, existe un parágrafo específico que, sin hacer mención explícita de las personas trans, formula observaciones sobre la “ideología de género” a la luz del concepto de la creación divina.

En este sentido, el Papa explica que la ideología de género “niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer” e insiste con que “no hay que ignorar que ‘el sexo biológico’ y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar”. De manera llamativa, pasa seguidamente a hablar sobre técnicas de reproducción asistida, para concluir con un llamamiento a no caer “en el pecado de pretender sustituir al Creador”. Por último, sentencia: “Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada”.

La lectura Papal sobre las identidades trans como intentos de “sustitución del Creador” ya habían generado controversia en 2015 cuando en una misma frase el Papa congregó a las armas nucleares, la manipulación genética y la “teoría de género” como afrentas al “orden de la creación”. Tal como hubiera ocurrido hace algunas décadas con la homosexualidad, el espacio para la discusión de las cuestiones relacionadas con la identidad de género es lisa y llanamente inexistente en la lectura Papal.

En “La Alegría del Amor”, el Papa reitera esta misma línea y, sin utilizar ninguna terminología que siquiera abra la puerta a discutir sobre identidades trans, implanta como “realidad” indiscutible la configuración de los cuerpos que las personas “recibimos” al momento de nacer, tal como nos es dado. Así, Francisco nos presenta nuestra incursión en este mundo como una estancia para la cual un cuerpo no es dado en comodato: un cuerpo al cual debemos cuidar y conservar tal cual recibimos, no vaya a ser que anulemos la garantía de la fábrica divina.

Lamentablemente, el camino para cualquier atisbo de cambio luce largo y penoso. Para las personas trans no hay siquiera una condena a la violencia brutal que sufren de manera cotidiana en todo el mundo. Y si acaso la consciencia de Francisco descansa con tranquilidad pensando que tal condena ha quedado incluida en los pasajes relacionados a las “tendencias homosexuales”, ay de todes nosotres, porque habremos sabido que ni el Papa ni sus asesores entiende la diferencia entre “orientación sexual” e “identidad de género”. En tal caso, la ignorancia supina del pontífice y su séquito habrá mostrado su inconmensurable dimensión.

(*) Lucas Ramón Mendos se desempeñó profesionalmente en la Relatoría LGBTI de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH-OEA) y actualmente se desempeña como investigador en el Programa Internacional del Williams Institute, el centro de investigaciones de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en materia del orientación sexual e identidad de género.

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